Con el descubrimiento del inconsciente, la humanidad encontró una justificación relativa a sus actos e impulsos. Dado que sólo gobernamos la punta del iceberg, somos sujetos de deseos y pasiones que nos inducen a actuar más allá de los límites permitidos por la ley o el decoro. Bajo tal premisa, el afán civilizatorio (es decir, superyoico) parece una imposición diseñada para ser violada a la primera oportunidad. Los excesos, las adicciones, la violencia o la transgresión son connaturales a nuestra especie y sólo ese arduo proceso de controlar las pulsiones parece necesario si queremos obtener las gratificaciones que trae la vida en sociedad.  Reservamos para la intimidad nuestra insensatez y ahí, solos en la oscuridad – coludidos con otros que se resisten a la represión -, fumamos, bebemos, seducimos al más próximo o perdemos la compostura, para ganarla de nuevo cuando el falso self nos lo exige.

Desde hace unos cuantas décadas nos desconciertan los síndromes, que en ausencia de datos duros para establecer un correlato anatómico, mantenemos como paradigmas del trastorno de una función o un estado de ánimo. Los apologistas de las definiciones, criterios o manuales se topan con estos padecimientos y pretenden articularlos para beneficio de los afectados, creando quimeras más que entidades nosológicas que pueden compararse o medirse. El resto de los mortales vemos con cierto agrado que esas nomenclaturas concuerdan con nuestros malestares y así, ungidos por el estandarte clínico, ya no somos extraños o monstruosos, sino enfermos como cualquier otro. Y con ello nos restituyen la condición de anormales, pero dignos.

Para quienes todavía no les ha quedado ningún saco, me refiero a síndromes tales como la fatiga crónica, colon espástico, piernas inquietas, fibromialgia, vaginismo o PGAD (síndrome de excitación genital persistente). En la mayoría de estos padecimientos – porque ciertamente se sufren – no hay cambios moleculares, fisiológicos u orgánicos discernibles. El paciente acude en un lamento ante su doctor, ansioso por ser escuchado y entendido; no sólo atendido, lo que generalmente es insuficiente para darle cabida a la profusión y mutabilidad de los síntomas.

A principios de año, Oralia acudió a mi oficina presa de una angustia que la devoraba. Su narración, entrecortada por lágrimas y quejas, remeda la de una tragedia infantil, tras el hurto de un juguete o la pérdida de una seguridad que se sabe inapelable. “No puedo relajarme”- insiste. “De noche mis piernas se agitan y siento todos los músculos en tensión o movimiento”. Ha recibido distintas dosis de antidepresivos y anticonvulsivantes sin ofrecerle una explicación coherente acerca de las causas o los mecanismos que subyacen a este trastorno. Pero ella afirma, muy ufana, que ya recaló en varias páginas de internet que comulgan con su predicamento y se ve reflejada en ellas: “Síndrome de las piernas inquietas” – me dice, levantando las cejas en un alarde de convicción y certeza.

No me deja escapatoria alguna sino modular mi historia clínica al compás de su apremio. Todos los demás antecedentes de pronto han perdido trascendencia. Ya no importa si su padre la maltrataba y dejó la escuela varias veces por incapacidad para encajar con sus pares.  Por supuesto, las numerosas fobias que – en entrevistas subsecuentes – hemos develado, ante el muro diagnóstico son flores marchitas. Pero Oralia me ha enseñado sin quererlo a ser paciente, a esperar que detrás de ese epíteto altisonante con el que debutó hace unas semanas hay una mujer que sufre su inadecuación y su desvelo, que llora por desconocer la verdad de su historia y su significado.

Un estudio controlado, doble ciego y avalado por un brazo con placebo, compara la eficacia de pregabalina contra pramipexole en pacientes con el mentado “restless leg syndrome”.

Los autores concluyen, con razón, que la pregabalina ofrece un beneficio sostenido por espacio de un año a dosis terapéuticas (300 mg  por día) seguramente gracias a su efecto sedante y antineurítico.

Pese a ello y sin desmerecer que las intervenciones farmacológicas a veces son más adyuvantes que efectivas, me inclino a pensar (como Oralia, merced a su transferencia)  que la alianza terapéutica donde un individuo escucha, contiene, interpreta y devuelve el mensaje con nuevos significantes, es el legado del primer acto de amor, que a todos nos alivió en otro tiempo.

   Dr. Alberto A. Palacios Boix