Esta mañana, en el silencio que prevalece en mi refugio laboral, recibo la noticia de un tiroteo más en el área de Washington, esta vez desde el Centro Naval en Anacostia, que alberga a los marines. Nos preguntamos si es un atentado o una retaliación. Si los emigrantes sirios han tomado el cielo por asalto o es otro desquiciado en busca de notoriedad. Uno piensa inevitablemente en la fragilidad que nos hace humanos, en lo fugaz y lo endeble de nuestra existencia, anclada en el deseo de lo otro y la mirada de otros.

Nacer para merecer, solos y anhelando el cobijo desde la primera caricia.

La Medicina, con su inherente falibilidad, nos brinda recursos para cuidar esa doliente salud, sin falsa modestia pero obligados a recular hacia la humildad, porque el poder carismático nos acerca demasiado al sol del engreimiento. ¡Ah! Tan denostada y tan amada profesión.

Leo, entre  acordes de Chopin y la espléndida reseña de aquella primavera en París donde se ordenaron las fronteras, el metanálisis que afirma categóricamente que los anticonceptivos aumentan el riesgo de trombosis. Quienes emplean este método para evitar embarazos, contraen a la par un riesgo relativo de tres y media veces para sufrir un coágulo inesperado.

Acaso lo novedoso de este estudio (que reúne 3110 publicaciones) es que deslindan el efecto de ciertas variantes de progestágenos (gestodeno, desogestrel, drospirenona) combinados con etinilestradiol como responsables, y que, mientras más alta la dosis del estrógeno, mayor el riesgo de trombosis.

Insisto, le debemos a nuestras pacientes en edad fértil esta confesión: podemos ayudar, cierto, pero perjudicando otro tanto.

Como Prometeo, con cada avance de la investigación científica hurtamos un poco el fuego de los dioses y, mediante esa afrenta, recibimos vis-à-vis nuestra condena. ¿No es esa – inevitablemente  – la condición humana?

   Dr. Alberto A. Palacios Boix