Mauro se detiene en una fonda argentina, obviando el rugir del Viaducto, de camino al aeropuerto. Va a competir con otros «vigoréxicos», como bromean entre sí los fisicoculturistas, en las preliminares estatales. Ha trabajado en el gimnasio sin descanso, día tras día, engullendo todos los suplementos provistos por su entrenador y buscando la mejor fórmula para ocultar la mesterolona terciada o el testovirón que se inyecta mensualmente. ¡Malditos controles anti-doping! – dice para sí – ya no puedes confiar en nadie. Al proferir esta queja, se sienta ante la ventana, la mirada perdida en el continuo discurrir de los autos.

A sus 29 años, es un hombre formidable. Los brazos afloran, musculosos y brillantes, debajo de su camiseta roída. La cabeza parece quedarle chica en ese cuerpo de gladiador. Ordena lo de costumbre: un bife de lomo -600 gramos, desgrasado -, una ensalada de la casa, papas fritas y agua mineral. No bebe, no fuma, y debido a su carga hormonal – que abatió su libido -, no recuerda cuando desertó de su vida sexual. Para bien o para mal – suele añadir.

Después de apurar varios tragos del agua para masticar a medias los trozos de carne semicruda, Mauro advierte una sensación de opresión en el pecho al incorporarse a orinar, que crece conforme avanza en el restaurante. Llega sudando ante el espejo del minúsculo baño y se percibe jadeante, pálido y con los ojos inyectados de un súbito resplandor. Alcanza a gritar ¡ayuda porfa!, entre estertores, mientras se desploma.

Es habitual que los pacientes, sobre todo jóvenes inquietos por desarrollar su musculatura, pregunten qué dieta y qué suplementos pueden consumir. El exceso de carne se ha vinculado a enfermedad cardiovascular, pero hasta hoy no se había descrito el vínculo molecular. Un estudio, publicado en Nature Medicine sugiere que el metabolismo de la carnitina por la flora intestinal genera N-óxido de trimetilamina (TMAO), que dispara el depósito de colesterol y la aterogénesis. La carnitina es muy abundante en las carnes rojas, y se encuentra sensiblemente elevada en el torrente sanguíneo de quienes las consumen con frecuencia, no así en los vegetarianos. Datos que son fruto de un trabajo multidisciplinario, auspiciado por varios centros de alta especialidad en Estados Unidos. Me parece que subraya la importancia de desestimar el consumo de carne como «plato fuerte», así como el riesgo de administrar suplementos y anabólicos – muchos de ellos ilegales – en hombres y mujeres cuyos corazones aún están indemnes.

Moraleja: Favorecer el ejercicio, pero sin aderezar ni rebozar.

  Dr. Alberto A. Palacios Boix