Todas las noches, al acostarnos, hacemos un breve recuento de nuestra jornada, planeamos el día siguiente, acaso repasamos los eventos vividos y esperamos respuestas. Hasta el momento en que nos vence el cansancio, un raudal de sonidos nos han rodeado, llamado, confundido y orientado para llenar una hoja más de nuestras vidas. ¿Qué es todo eso? ¿Cómo los escuchamos y los desciframos?

Lo que llamamos sonido, es en realidad un oleaje de moléculas de aire que despierta el movimiento de cualquier objeto en todas direcciones. Se mueve una máquina – teclado, grúa, avión distante -, la delicada voz gutural en una sala de conciertos, el ritmo oscilante de los árboles, el latido de corazones y ciudades. Las partículas en su entorno se disparan y perturban para ser captadas por el cuerno auditivo de nuestras orejas.

Esas ondas sonoras arriban, percuten los tímpanos y los hacen temblar, casi imperceptiblemente, para iniciar la cadena de impactos que se transmite como vibración en los huesecillos del oído medio. Dispuestos en secuencia, el estribo, el martillo y el yunque son los huesos más pequeños de nuestro organismo. Aunque están contenidos en una cavidad más reducida que la cáscara de un pistache, el aire atrapado entre ellos molesta tanto cuando cambia la presión atmosférica y “se tapan los oídos”.

Estos huesos presionan al oído interno para impulsar la linfa, un líquido denso que navega moviendo los cilios (una pelusa microscópica) que recubre los conductos semicirculares que tan detalladamente dibujó Leonardo da Vinci. El movimiento ciliar genera señales eléctricas que viajan por terminaciones nerviosas del 8º. par craneal hasta la corteza auditiva. En fracciones de segundos, tales impulsos se articulan en una “imagen sensorial”, los sonidos se integran y se traducen en melodías, silbidos, chasquidos, bramidos, o simplemente, ruido. Gracias a este sentido de la anticipación, giramos la cabeza hacia el origen del mensaje casi inadvertidamente y gracias también a este orden de oleaje, navegación y estímulo, mantenemos el equilibrio, aún en sueños.

El sonido viaja a trescientos metros por segundo, mucho más lento que la luz. Por eso, nos enseñan de niños a ubicar la distancia de un relámpago contando los segundos que transcurren desde que los vemos hasta que lo oímos tronar. La magia del sonido está en el espacio, su intensidad, su timbre y su calidad.

Sin duda, el primer murmullo que ubicamos durante el desarrollo fetal, a partir de la semana 18 de vida intrauterina, es el eco de la voz materna envolviendo toda nuestra percepción: sus arrullos, sus cantos y consuelos, dedicados a nuestros precoces movimientos. Toda esta comunicación vital, amparada por el ritmo continuo y sedante de su corazón. Oímos antes el corazón de mamá que el nuestro. Quizá por ello, la imagen del otro y su presencia inconsciente predeterminan el comportamiento humano, tan indispensables como el propio pulso. La soledad y el desamparo se miden por la falta de ese otro, cuando la voz prístina está silenciada o ausente.

El ruido, en cambio, es perturbador. Un estudio psicológico en una primaria de Manhattan demostró que los niños cuyos salones de clase recibían el impacto auditivo del metro pasando junto a la escuela, tenían un retraso considerable en el aprendizaje, comparados con sus compañeros del otro lado del edificio. Al atenuar el estruendo de los trenes, se emparejaron en su lectoescritura y rendimiento escolar (1). Este ejemplo debiera hacernos considerar las condiciones de deterioro ambiental que privan en la ciudad de México. Los ruidos de martillazos, albañilería, de descarga, de paso de automóviles y camiones, no son la mejor música que podemos ofrecerles a nuestros estudiantes. “Sin el ruido del altavoz, nunca hubiésemos conquistado Europa” – escribió Hitler en su Manual del Radio Alemán (2). El ruido somete, desconcierta, aturde el entendimiento.

Entre los 20 y 30 años, los seres humanos oímos el mayor espectro de sonidos que somos capaces. Desde la voz femenina o una nota musical (150 ciclos por segundo) hasta sonidos con frecuencias de onda tan altas como veinte mil ciclos por segundo. A medida que envejecemos, nuestros tímpanos se endurecen y perdemos gradualmente los tonos al extremo: las notas más agudas de una ópera se apagan y las palabras se hacen más lejanas.

Por fortuna, no escuchamos bien a bajas frecuencias; de otro modo los propios sonidos de nuestro cuerpo serían intolerablemente estruendosos. Pero la inteligencia humana ha producido numerosas extensiones de nuestros oídos; los estetoscopios que usamos los médicos (ahora son incluso electrónicos para aguzar más las señales), los sonares de submarinos y barcos que permiten “escuchar” el fondo del mar y transformarlo en imágenes. Ese mismo principio subyace al ultrasonido moderno, capaz de reconstruir nuestras entrañas o al hijo que esperamos, en dimensiones imprecisas empero anheladas.

Al salir de una cámara a prueba de sonido, resulta patente que no existe en realidad lo que denominamos silencio. Constantemente escuchamos los tronidos, susurros y crepitaciones de nuestro cuerpo. Las personas con sordera distinguen sonidos internos y, si son forzados mediante audiometría, pueden percibir intensidades de sonidos muy altas. No obstante, la sordera es un impedimento más grave de lo que imaginamos: el mundo se colapsa, se pierden las dimensiones y la orientación, y el equilibrio debe ceñirse precariamente, en relación con otras coordenadas espaciales.

Epicteto el estoico nos legó el sabio axioma de que los seres humanos tenemos dos oídos y una sola boca, para que aprendamos a oír el doble de lo que hablamos. El cuidado del aparato de la escucha es crucial para la salud, sobre todo en sociedades pobres donde las otitis y parotiditis infantiles son tan frecuentes, y a veces se les desdeña.

En un mensaje enormemente persuasivo, Hellen Keller expresó: “Soy tan ciega como sorda, pero la sordera es un infortunio mucho peor. Significa que se carece del mayor estímulo vital – el sonido de la voz que trae el lenguaje, que despierta los pensamientos y que brinda la compañía intelectual del otro” (3).

A manera de colofón, podríamos agregar que sin ese mensaje verbal, la impronta de nuestra madre resultaría enigmática; y, pese a su mirada atenuante y el solaz de sus caricias, el mundo ajeno habría de sernos traducido paso a paso.

Referencias.

1. Christopher J. Plack. The sense of hearing. Psychology Press, New York, 2005.

2. Alexander Badenoch. Voices in Ruins: West German Radio across the 1945 Divide. Hampshire: Palgrave Macmillan, 2008. 289 pp. ISBN 978-0-230-00903-5.

3. Hellen Keller & Annie Sullivan. The story of my life: with her letters (1887–1901) and a supplementary account of her education, including passages from the reports and letters of her teacher, Anne Mansfield Sullivan. Nabu Press, New York, 2011.

   Dr. Alberto A. Palacios Boix