La lucha encarnizada por la territorialidad – dialéctica de la marcha de las civilizaciones – se ha visto impelida por el tráfico de drogas, tanto que desconcierta la magnitud de tal fenómeno social, que trasciende toda frontera y toda cualidad. Leemos a diario notas acerca de asesinatos cometidos en nombre del narcotráfico, de cantidades inconmensurables decomisadas aquí y allá,  de autoridades seducidas por el raudal de dinero, de arrestos de antihéroes, etcétera.

¿Qué hace que una experiencia individual, supuestamente placentera, se articule en una industria criminal, multimillonaria y manipuladora de miles de sujetos atrapados en la adicción masiva?

Primero, una nota sobre la magnitud del problema tal como impera en el mayor centro de consumo del mundo. Se estima desde hace dos décadas que 11% de los ciudadanos estadounidenses mayores de 12 años han probado la cocaína. Más llamativo es que un 35% de los médicos generales admite haber recibido al menos un enfermo con problemas derivados del abuso de estupefacientes.

La cocaína es un alcaloide que constituye el 1% del peso de la hoja de la coca, planta del género Erythroxylon que crece en Sudamérica, donde se conoce por sus poder analgésico mucho antes de la Conquista. Hasta el siglo XIX, era tradición masticar las hojas para conseguir un efecto sedante, pero en 1860, el botánico Albert Niemann aisló la cocaína en forma de hidrocloruro, soluble en agua, lo que permitió su industrialización y empleo farmacológico.

Las sociedades europeas pronto descubrieron sus propiedades analgésicas y a la vez estimulantes. Con cierta reticencia, se empezó a probar en abscesos dentales, dolores locales y algunas heridas, pero fue Sigmund Freud, entre otros neuropsiquiatras de la época, quien preconizó su efectividad en el tratamiento contra la adicción a la morfina1.

Los primeros reportes de adicción grave a la cocaína vieron la luz hacia finales de 1870, y a poco se hicieron patentes ciertas formas de dependencia física y psíquica a la droga, dramatizadas por casos de suicidios y alteraciones psicopatológicas, que pusieron un alto a su libre consumo.

Con la síntesis de las anfetaminas hacia 1920, su uso declinó aún más. Cincuenta años después, la cocaína resurgió como una droga popular en Estados Unidos arremetiendo con sus facultades excitantes en la década de la psicodelia. Su distribución masiva resultó de la producción de un preparado que se puede fumar, más barato y accesible en los barrios pobres de los grandes centros industriales: se le bautizó  “crack” como onomatopeya por el sonido que produce el alcaloide cristalizado al quemarse. Esta variante  induce efectos incluso más rápidos que los derivados de su administración endovenosa (6 a 8 segundos).

La cocaína actúa bloqueando los neurotransmisores transportadores de dopamina (DAT1)  y activando el AMP cíclico en centros tales como la amígala (condicionamiento) o el locus coeruleus (dependencia alostérica)2. Con ello causa excitación neurovascular, taquicardia, inapetencia, euforia y cambios en el comportamiento psicosexual. Tales efectos persisten aproximadamente por una hora y sus residuos se desechan en menos de 24 horas. El estímulo psicológico, que más favorece su consumo, es una sensación inmediata – propia de algunos opioides – comparable al orgasmo, que resulta del agonismo dopaminérgico en circuitos del sistema nervioso autónomo.

Las razones por las que los adictos a la cocaína acuden a los servicios de Urgencias son complicaciones psiquiátricas, vgr. intentos de suicidios, alteraciones cognitivas, disforia por supresión farmacológica, etc.; seguidas de problemas cardiovasculares o neurológicos. Dosis excesivas pueden inducir delirio, ideaciones paranoides y gran agitación. Pero también se han reportado infartos cerebrales y al miocardio, trastornos del ritmo cardiaco, hemorragias pulmonares, neumonitis o asma, y aisladamente se han documentado episodios de muerte súbita que se asocian a susceptibilidad variable a algunos componentes activos o contaminantes de la droga. Desde luego, consumir coca no es inocuo.

Valga la siguiente muestra estadística que alarma: veintiún por ciento de los suicidas en Nueva York muestran rastros de cocaína en el suero, 27% de los adictos al “crack” en Filadelfia tienen VDRL o FTA positivo, y el 40% de las víctimas de homicidio en Atlanta acarrean metabolitos de cocaína en sangre. ¿De dónde deriva este comportamiento errático, autodestructivo que se entrevera tan de cerca con la violencia?

El placer derivado del consumo de sustancias adictivas difiere de otras prácticas socialmente placenteras (conversación, deporte, actividad sexual, etc.) en algo fundamental: desconoce la contingencia y la protección de los otros. Es, en sentido estricto, una gratificación narcisista que apela a la nulidad, donde el sujeto sucumbe a sí mismo, en tanto desmerece todo vínculo cifrado en el afecto y la mutualidad. La adicción materializa el deseo (o mejor aún, el goce) por llenar una oquedad que no tiene fondo, un precipicio en la identidad, una herida abierta – que se resiste al cierre y a la cicatrización.

Además, el deterioro físico  que resulta del abuso aflora mucho después de la compulsión que lo promueve. Cuando el adicto se percata acaso del impacto de la droga en su cuerpo, los estragos ya están hechos. Su vida de relación quedó atrás, deteriorada o anulada. La intoxicación crónica y la tolerancia lo amordazan, y sus demandas económicas para mantener el consumo se han vuelo imperativas y dueñas de toda voluntad.

La experiencia gozosa se ha liberado de todo yugo – profesional, familiar, de culpa – y adquiere vida propia, a expensas del sujeto que va quedando exangüe.

A diferencia de los vomitorums de los antiguos romanos, donde la glotonería podía satisfacerse interminablemente tras opulentos banquetes, no existen medios para limitar o gobernar la demanda física de la cocaína y no hay antídoto aparente que mitigue el daño que horada al individuo.

Quizá hemos aprendido que el placer como necesidad biológica es ingobernable, pero la pregunta es si podremos  -especie frágil,  indisolublemente ligada al deseo perdido – deslindar ese poderoso elemento de autodestructividad: oscuro embrión, remoto paradigma de la muerte,  que nos condiciona.

Referencias.

1.   1. Sigmund Freud. 1888. Über cocaCentralblatt für die ges. Therapie 2, pp. 289 – 314, 1984.

2.   2. Ichiro Sora, M. Scott Hall, Anne M. Andrews, et al. Molecular mechanisms of cocaine reward: combined dopamine and serotonin transporter knockouts eliminate cocaine place preference. PNAS 2001, vol. 98, no. 9, pp. 5300 – 5305.

   Dr. Alberto A. Palacios Boix